Inés no se movía. Parecía la estatua de la indecisión. Santorcaz, gozoso de su triunfo, exclamó:
—¡Lacayo, lacayo! Di a tus indignos señores que no sirves para el caso.
Al oír esto, una nube de sangre cubrió mis ojos; sentí llamas ardientes dentro de mi pecho, y abalanceme hacia aquel hombre. El rayo, al caer, debe sentir lo que yo sentí. Alargó su brazo para coger una pistola que en la cercana mesa había, y al dirigirla contra mi pecho, Inés se interpuso tan violentamente, que si dispara, hubiérala muerto sin remedio.
—¡No le mates, padre! —gritó.
Aquel grito; el aspecto del anciano enfermo, que arrojó el arma lejos de sí, renunciando a defenderse, me sobrecogieron de tal modo, que quedé mudo, helado y sin movimiento.
—Dile que nos deje en paz —murmuró el enfermo abrazando a su hija—. Sé que conoces hace tiempo a ese desgraciado.
La muchacha ocultó en el pecho del padre su rostro lleno de lágrimas.
—Joven sin corazón —me dijo Santorcaz con voz trémula—, márchate: no me inspiras ni odio ni afecto. Si mi hija quiere abandonarme y seguirte, llévatela.
Clavó en su hija los ojos ardientes, apretando con su mano huesosa, no menos dura y fuerte que una garra, el brazo de la infeliz joven.
—¿Quieres huir de mi lado y marcharte con ese mancebo? —añadió soltándola y empujándola suavemente lejos de sí.