Di algunos pasos hacia adelante para tomar la mano de Inés.
—Vamos —le dije—. Tu madre te espera. Estás libre, querida mía, y se acabaron para ti el encierro y los martirios de esta casa, que es un sepulcro habitado por un loco.
—No, no puedo salir —me dijo Inés corriendo al lado del anciano, que le echó los brazos al cuello y la besó con ternura.
—Bien, señora —dije con un despecho tal, que me sentí impulsado a no sé qué execrables violencias—. Saldré. Nunca más me verá usted; nunca más verá usted a su madre.
—Bien sabía yo que no eras capaz de la infamia de abandonarme —exclamó el anciano llorando de júbilo.
Inés me lanzó una mirada encendida y profunda, en la cual sus negras pupilas, al través de las lágrimas, dijéronme no sé qué misterios; manifestáronme no sé qué enigmáticos pensamientos que en la turbación de aquel instante no pude entender. Ella quiso sin duda decirme mucho; pero yo no comprendí nada. El despecho me ahogaba.
—Gabriel —dijo el anciano recobrando la serenidad—, aquí no haces falta. Ya has oído que te marches. Supongo que habrás traído escala de cuerda; mas para que bajes seguro, toma la llave que hay sobre esa mesa, abre la puerta que hay en el pasillo, y por la escalera que veas baja al patio. Te ruego que dejes la llave en la puerta.
Viendo mi indecisión y perplejidad, añadió con punzante y cruel ironía:
—Si puedo serte útil en Salamanca, dímelo con franqueza. ¿Necesitas algo? Parece que no has comido hoy, pobrecito. Tu rostro indica vigilias, privaciones, trabajos, hambre... En la casa del hombre del estado llano no falta un pedazo de pan para los pobres que vienen a la puerta. ¿Sucede lo mismo en casa de los nobles?
Inés me miró con tanta compasión, que yo la sentí por ella, pues no se me ocultaba que padecía horriblemente.