De improvisto ante mi cara apareció una cara. La vi con la indiferencia que inspira un figurón pintado, y tardé mucho tiempo en llegar al convencimiento de que yo conocía aquel rostro. En las grandes abstracciones del alma, el despertar es lento y va precedido de una serie de raciocinios en que aquella disputa con los sentidos sobre si reconoce o no lo que tiene delante. Yo razoné al fin, y dije para mí:
«Conozco estos ojuelos de ratón que delante tengo.»
Recobrando poco a poco mi facultad de percepción, hablé conmigo de este modo:
«Yo he visto en alguna parte esta nariz insolente y esta boca infernal, que se abre hasta las orejas para reír con desvergüenza y descaro.»
Dos manos pesadas cayeron sobre mis hombros.
—Déjame seguir, borracho —exclamé empujando al importuno, que no era otro que Tourlourou.
—¡Satané farceur! —gritó Molichard, que acompañaba, por mi desgracia, al otro—. Venid al cuartel.
—Drôle de pistolet... venid —dijo Tourlourou riendo diabólicamente—. Caballero Cipérez, el coronel Desmarets os aguarda...
—¡Ventre de biche!... os escapasteis cuando ibais a ser encerrado.
—Y sacasteis la navaja para asesinarnos.