—Monseigneur Cipérez, vous serez coffré et niché.
Intenté defenderme de aquellos salvajes; pero me fue imposible, pues aunque borrachos, juntos tenían más fuerza que yo. Al mismo tiempo, como la escena en la casa de Santorcaz embargaba de un modo lastimoso mis facultades intelectuales, no me ocurrió ardid ni artificio alguno que me sacase de aquel nuevo conflicto, más grave sin duda que los vencidos anteriormente.
Lleváronme, mejor dicho, arrastráronme hasta el cuartel donde por la mañana tuve el honor de conocer a Molichard, y en la puerta detúvose Tourlourou mirando al extremo de la calle.
—Dame... —chilló—, allí viene el coronel Desmarets.
Cuando mis verdugos anunciaron la proximidad del coronel encargado de la policía de la ciudad, encomendé mi alma a Dios, seguro de que si por casualidad me registraban y hallaban sobre mí el plano de las fortificaciones, no tardaría un cuarto de hora en bailar al extremo de una cuerda, como ellos decían. Volví angustiado los ojos a todas partes, y pregunté:
—¿No está por ahí el Sr. Jean-Jean?
Aunque el dragón no era un santo, le consideré como la única persona capaz de salvarme.
El coronel Desmarets se acercaba por detrás de mí. Al volverme... ¡oh, asombro de los asombros!... le vi dando el brazo a una dama, señores míos, a una dama que no era otra que la mismísima Miss Fly, la mismísima Athenais, la mismísima Pajarita.
Quedeme absorto, y ella al punto saludome con una sonrisa vanagloriosa que indicaba su gran placer por la sorpresa que me causaba.
Molichard y su vil compañero adelantáronse hacia el coronel, hombre grave y de más que mediana edad, y con todo el respeto que su embrutecedora embriaguez les permitiera, dijéronle que yo era espía de los ingleses.