—¡Insolentes! —exclamó con indignación y en francés Miss Fly—. ¿Os atrevéis a decir que mi criado es espía? Señor coronel, no hagáis caso de esos miserables a quienes rebosa el vino por los ojos. Este muchacho es el que ha traído mi equipaje y el que con vuestra ayuda he buscado inútilmente hasta ahora por la ciudad... Di, tonto, ¿dónde has puesto mi maleta?

—En el mesón de la Fabiana, señora —respondí con humildad.

—Acabáramos. Buen paseo he hecho dar al señor coronel, que me ha ayudado a buscarte... Dos horas recorriendo calles y plazas...

—No se ha perdido nada, señora —le dijo Desmarets con galantería—. Así habéis podido ver lo más notable de esta interesantísima ciudad.

—Sí; pero necesitaba sacar algunos objetos de mi maleta, y este idiota... Es idiota, señor coronel...

—Señora —dije señalando a mis dos crueles enemigos—, cuando iba en busca de Su Excelencia, estos borrachos me llevaron engañado a una taberna, bebieron a mi costa, y luego que me quedé sin un real, dijeron que yo era espía y querían ahorcarme.

Miss Fly miró al coronel con enfado y soberbia, y Desmarets, que sin duda deseaba complacer a la bella amazona, recogió todo aquel femenino enojo para lanzarlo militarmente sobre los dos bravos franchutes, los cuales, al verse convertidos de acusadores en acusados, aparecieron más beodos que antes, y más incapaces de sostenerse sobre sus vacilantes piernas.

—¡Al cuartel, canalla! —gritó el jefe con ira—. Yo os arreglaré dentro de un rato.

Molichard y Tourlourou, asidos del brazo, confusos y tan lastimosamente turbados en lo moral como en lo físico, entraron en el edificio dando traspiés y recriminándose el uno al otro.

—Os juro que castigaré a esos pícaros —dijo el bravo oficial—. Ahora, puesto que habéis encontrado vuestra maleta, os conduciré a vuestro alojamiento.