—Sí, lo agradeceré —dijo Miss Fly poniéndose en marcha y ordenándome que la siguiera.

—Y luego —añadió Desmarets—, daré una orden para que se os permita visitar el hospital. Tengo idea de que no ha quedado en él ningún oficial inglés. Los que había hace poco, sanaron y fueron canjeados por los franceses que estaban en Fuente Aguinaldo.

—¡Oh, Dios mío! ¡Entonces habrá muerto! —exclamó con afectada pena Miss Fly—. ¡Desgraciado joven! Era pariente de mi tío el Vizconde de Marley... ¿Pero no me acompañáis al hospital?

—Señora, me es imposible. Ya sabéis que Marmont ha dado orden para que salgamos hoy mismo de Salamanca.

—¿Evacuáis la ciudad?

—Así lo ha dispuesto el general. Estamos amenazados de un sitio riguroso. Carecemos de víveres, y como las fortificaciones que se han hecho son excelentes, dejamos aquí ochocientos hombres escogidos, que bastarán para defenderlas. Salimos hacia Toro para esperar a que nos envíen refuerzos del Norte o de Madrid.

—¿Y marcháis pronto?

—Dentro de una hora. Solo de una hora puedo disponer para serviros.

—Gracias... Siento que no podáis ayudarme o buscar a ese valiente joven, paisano mío, cuyo paradero se ignora y es causa de este mi intempestivo y molesto viaje a Salamanca. Fue herido y cayó prisionero en Arroyomolinos. Desde entonces no he sabido de él... Dijéronme que tal vez estaría en los hospitales franceses de esta ciudad.

—Os proporcionaré un salvoconducto para que visitéis el hospital, y con esto no necesitáis de mí.