—Señora, llevo sobre mí un plano de las fortificaciones, muy oculto... Además poseo innumerables noticias que han de ser muy útiles al General en Jefe. He tenido mil contratiempos; pero al fin, en lo relativo a mi comisión militar, todo me va saliendo bien.
—¡Y lo habéis hecho sin mí! —dijo la Mariposa con despecho.
—¡Si tuviera tiempo de referir a usted las tragedias y comedias de que he sido actor en pocas horas!... pero estoy tan fatigado que hasta el habla me va faltando. Los sustos, las alegrías, las emociones, las cóleras de este día abatirían el ánimo más esforzado y el cuerpo más vigoroso, cuanto más el ánimo y cuerpo míos, que están el uno aturdido y apesadumbrado; el otro, tan vacío de toda sólida substancia, como quien no ha comido en diez y seis horas.
—En efecto, parecéis un muerto —dijo entrando en su habitación—. Os daré algo de comer.
—Felicísima idea —respondí—; y pues tan milagrosamente nos hemos juntado aquí, lo cual prueba la conformidad de nuestro destino, conviene que nos establezcamos bajo un mismo techo. Voy a traer mi burro, en cuyas alforjas dejé algo digno de comerse. Al instante vuelvo. Pida usted en tanto a la mesonera lo que haya... pero pronto, prontito...
Corrí al mesón donde había dejado mi asno, y al entrar en la cuadra sentí la voz del mesonero muy enfrascada en disputas con otra que reconocí por la del venerable señor Jean-Jean.
—Muchacho —me dijo el mesonero al entrar—, este señor francés se quería llevar tu burro.
—¡Excelencia! —afirmó cortésmente, aunque muy turbado, Jean-Jean—, no me quería llevar la bestia... preguntaba por vos.
Acordeme de la promesa hecha al dragón y del ánima de la albarda, invención mía para salir del paso.
—Jean-Jean —dije al francés—, todavía necesito de ti. Hoy salen los franceses, ¿no es verdad?