—Pues entonces, Sr. Araceli —dijo Athenais con disgusto—, no tratéis de engañarme juntando a esa joven como una persona principal, porque si se ha aficionado al trato de un estafermo, habrá sido por avaricia, cualidad propia de costureras, doncellas de labor, cómicas u otra gente menuda, a cuyas respetables clases creo desde ahora que pertenecerá esa tan decantada señora que adoráis.
—No he engañado a usted respecto a la elevación de su clase. Respecto a la afición que ha podido sentir hacia su secuestrador, no tiene nada de vituperable, porque es su padre.
—¡Su padre! —exclamó con asombro—. Eso sí que no estaba escrito en mis libros. ¿Y a un padre que retiene consigo a su hija, le llamáis ladrón? Eso sí que es extraño. No hay país como España para los sucesos raros y que en todo difieren de lo que es natural y corriente en los demás países. Explicadme eso, caballero.
—Usted cree que todos los lances de amor y de aventura han de pasar en el mundo conforme a lo que ha leído en las novelas, en los romances, en las obras de los grandes poetas y escritores, y no advierte que las cosas extrañas y dramáticas suelen verse antes en la vida real que en los libros, llenos de ficciones convencionales y que se reproducen unas a otras. Los poetas copian de sus predecesores, los cuales copiaron de otros más antiguos, y mientras fabrican este mundo vano, no advierten que la Naturaleza y la sociedad va creando a escondidas del público, y recatándolas de la imprenta, mil novedades que espantan o enamoran.
Yo hacía esfuerzos de ingenio por sostener de algún modo un coloquio en que Miss Fly con su ardoroso sentimiento poético me llevaba ventaja, y a cada palabra mía su atrevida imaginación se inflamaba más, volando en pos de sucesos raros, desconocidos, novelescos, fuente de pasión y de idealismo. No puedo negar que Athenais me causaba sorpresa, porque yo, en mi ignorancia, no conocía el sentimentalismo que entonces estaba en moda entre la gente del Norte, invadiendo literatura y sociedad de un modo extraordinario.
—Referidme eso —me dijo con impaciencia.
Sin temor de cometer una indiscreción, conté punto por punto a mi hermosa acompañante todo lo que el lector sabe. Oíame tan atentamente y con tales apariencias de agrado, que no omití ningún detalle. Algunas veces creí distinguir en ella señales más bien de entusiasmo varonil que de emoción femenina; y cuando puse punto final en mi relato, levantose, y con ademán resuelto y voz animosa, hablome así:
—¿Y vivís con esa calma, caballero, y referís esos dramas de vuestra vida como si fueran páginas de un libro que habéis leído la noche anterior? No sois español, no tenéis en las venas ese fuego sublime que impulsa al hombre a luchar con las imposibilidades. Os estáis ahí mano sobre mano contemplando a una inglesa, y no se os ocurre nada: no se os ocurre entrar en esa casa; arrancar a esa infeliz mujer del poder que la aprisiona; echar una cuerda al cuello de ese hombre para llevarle a una casa de locos; no se os ocurre comprar una espada vieja y batiros con medio mundo, si medio mundo se opone a vuestro deseo; romper las puertas de la casa; pegarle fuego, si es preciso; coger a la muchacha sin tratar de persuadirla a que os siga, y llevarla donde os parezca conveniente; matar a todos los alguaciles que os salgan al paso, y abriros camino por entre el ejército francés, si el ejército francés en masa se opone a que salgáis de Salamanca. Confieso que os creí capaz de esto.
—Señora —repliqué con ardor—, dígame usted en qué libro ha leído eso tan bonito que acaba de decirme. Quiero leerlo también, y después probaré si tales hazañas son posibles.
—¿En qué libro, menguado? —repuso con exaltación admirable—. En el libro de mi corazón, en el de mi fantasía, en el de mi alma. ¿Queréis que os enseñe algo más?