—Señora —afirmé confundido—, el alma de usted es superior a la mía.
—Vamos al instante a esa casa —dijo tomando un látigo, y disponiéndose a salir.
Miré a Miss Fly con admiración; pero con una admiración no enteramente seria, quiero decir que algo se reía dentro de mí.
—¿A dónde, señora; a dónde quiere usted que vayamos?
—¡Y lo pregunta! —exclamó Athenais—. Caballero, si os hubiera creído capaz de hacerme esa pregunta que indica las indecisiones de vuestra alma, no hubiera venido a Salamanca.
—No: si comprendo perfectamente —respondí, no queriendo aparecer inferior a mi interlocutora—. Comprendo... vamos a... pues... a hacer una barbaridad, una que sea sonada... yo me atrevo a ello, y aun a cosas mayores.
—Entonces...
—Precisamente pensaba en eso. Yo no conozco el miedo.
—Ni los obstáculos, ni el peligro, ni nada. Así, así, caballero; así se responde —gritó con acalorado y sonoro acento.
Su inflamado semblante, sus brillantes ojos, el timbre de su patética voz, ejercían extraño poder sobre mí, y despertaban no sé qué vagas sensaciones de grandeza, dormidas en el fondo de mi corazón, tan dormidas, que yo no creía que existiesen. Sin saber lo que hacía, levanteme de mi asiento, gritando con ella: