—¡Vamos, vamos allá!
—¿Estáis preparado?
—Ahora recuerdo que necesito una espada... vieja.
—O nueva... No será malo ver a Desmarets.
—Yo no necesito de nadie: me basto y me sobro —exclamé con brío y orgullo.
—Caballero —dijo ella con entusiasmo—, eso debiera decirlo yo para parecerme a Medea.
—Decía que no podemos contar con Desmarets —indiqué pensando un poco en lo positivo—, porque sale hoy de Salamanca.
En aquel momento sentimos ruido en el exterior. Era el ejército francés que salía. Los tambores atronaban la calle. Apagaba luego sus retumbantes clamores el paso de los escuadrones de caballería, y, por último, el estrépito de las cureñas hacía retemblar las paredes cual si las conmoviera un terremoto. Durante largo tiempo estuvieron pasando tropas.
—Espero ser yo quien primero lleve a Lord Wellington la noticia de que los franceses han salido de Salamanca —dije en voz baja a Miss Fly, mirando el desfile desde nuestra ventana.
—Allí va Desmarets —repuso la inglesa fijando su vista en las tropas.