En efecto, pasaba a caballo Desmarets al frente de su regimiento, y saludó a Miss Fly con galantería.

—Hemos perdido un protector en la ciudad —me dijo—; pero no importa: no lo necesitaremos.

En este momento sonaron algunos golpecitos en la puerta; abrí, y se nos presentó el Sr. Jean-Jean, que, sombrero en mano, hizo varios arqueos y cortesías.

—Excelencia, la mesonera me dijo que estábais aquí, y he venido a deciros...

—¿Qué?

Jean-Jean miró con recelo a Miss Fly; pero al punto le tranquilicé, diciéndole:

—Puedes hablar, amigo Jean-Jean.

—Pues venía a deciros —prosiguió el soldado— que ese Sr. Santorcaz saldrá de la ciudad. Como Salamanca va a ser sitiada, huyen esta noche muchas familias, y el masón no será de los últimos, según me ha dicho Ramoncilla. Ha salido hace un momento de su casa, sin duda para buscar carros y caballerías.

—Entonces se nos va a escapar —dijo Miss Fly con viveza.

—No saldrán —repuso— hasta después de media noche.