—Amigo Jean-Jean, quiero que me proporciones un sable y dos pistolas.
—Nada más fácil, Excelencia —contestó servilmente.
—Y además una capa... Luego que sea de noche prepararás el coche...
—No se encuentra ninguno en la ciudad.
—Abajo tenemos uno. Enganchas el caballo, que abajo está también, y lo llevas a la puerta más próxima a la calle del Cáliz.
—Que es la de Sancti Spíritus... Os advierto que Santorcaz ha vuelto a su casa: le he visto acompañado de sus cinco amigotes, cinco hombres terribles, que son capaces de cualquier cosa...
—¡Cinco hombres!...
—Que no permiten se juegue con ellos. Todas las noches se reúnen allí y están bien armados.
—¿Tienes algún amigo que quiera ganarse unos cuantos doblones, y que además sea valiente, sereno y discreto?
—Mi primo Pied-de-mouton es bueno para el caso; pero está algo enfermo. No sé si Charles le Temeraire querrá meterse en tales fregados: se lo diré.