—Señora, Lord Wellington me espera mañana a las doce en Bernuy. Me parece que he dicho bastante... Veremos si aparece algún transeúnte que nos indique el camino.

Pero ningún alma viviente se veía por aquellos solitarios lugares.

—¡Qué hermosa ciudad! —dijo Miss Fly con arrobamiento contemplativo—. Todo aquí respira la grandeza de una edad ilustre y gloriosa. ¡Cuán excelsos, cuán poderosos no fueron los sentimientos que han necesitado tanta, tantísima piedra para manifestarse! ¿Para vos no dicen nada esas altas torres, esas largas ojivas, esos techos, esos gigantes que alzan sus manos hacia el cielo, esas dos catedrales: la una anciana y de rodillas, arrugada, inválida, agazapada contra el suelo y al arrimo de su hija; la otra flamante y en pie, hermosa, inmensa, lozana, respirando vida en su robusta mole? ¿Para vos no dicen nada esos cien colegios y conventos, obra de la ciencia y la piedad reunidas? ¿Y esos palacios de los grandes señores, esas paredes llenas de escudos y rejas, indicio de soberbia y precaución? ¡Dichosa edad aquella en que el alma ha encontrado siempre de qué alimentar su insaciable hambre! Para las almas religiosas, el monasterio; para las heroicas, la guerra; para las apasionadas, el amor, más hermoso cuanto más contrariado; para todas, la galantería, los grandes afectos, los sacrificios sublimes, las muertes gloriosas... La sociedad vive impulsada por una sola fuerza, la pasión... El cálculo no se ha inventado todavía. La pasión gobierna el mundo y en él pone su sello de fuego. El hombre lo atropella todo por la posesión del objeto amado, o muere luchando ante las puertas del hogar que se le cierran... Por una mujer se encienden guerras, y dos naciones se destrozan por un beso... La fuerza que aparentemente impera no es el empuje brutal de los modernos, sino un aliento poderoso, el resoplido de los dos pulmones de la sociedad, que son el honor y el amor.

—No vendría mal el discursito —murmuré—, si al fin encontráramos...

Cuando esto decía habíamos perdido de vista la catedral, y nos internábamos por calles angostas y oscuras, buscando en vano la del Cáliz. Vimos una anciana que, apoyándose en un palo, marchaba lentamente arrimada a la pared, y le pregunté:

—Señora, ¿puede usted decirme dónde está la calle del Cáliz?

—¿Buscan la calle del Cáliz y están en ella? —repuso la vieja con desabrimiento—. ¿Van a la casa de los masones o a la logia de la calle de Tentenecios? Pues sigan adelante y no mortifiquen a una pobre vieja que no quiere nada con el demonio.

—¿Y la casa de los masones, cuál es, señora?

—Tiénela en la mano y pregunta... —contestó la anciana—. Ese portalón que está detrás de usted es la entrada de la vivienda de esos bribones; ahí es donde cometen sus feas herejías contra la religión; ahí donde hablan pestes de nuestros queridos reyes... ¡Malvados! ¡Ay, con cuánto gusto iría a la Plaza Mayor para veros quemar! Dios querrá quitarnos de en medio a los franceses que tales suciedades consienten... Masones y franceses todos son unos: la pata derecha y la pata izquierda de Satanás.

Marchose la vieja hablando consigo misma, y al quedarnos solos reconocí en el portalón, que cerca teníamos, la casa de Santorcaz.