—¡Cuántas veces habremos pasado por aquí sin conocer la casa! —dijo Miss Fly—. Si yo la hubiese visto una sola vez... pero parece que sois torpe, Araceli.
La puerta era un antiquísimo arco bizantino, compuesto por seis u ocho curvas concéntricas, por donde corrían misteriosas formas vegetales, gastadas por el tiempo; cascabeles y entrelazadas cintas, y en la imposta unos diablillos, monos o no sé qué desvergonzados animales, que hacían cabriolas confundiendo sus piernecillas enjutas con los tallos de la hojarasca de piedra. Letras ininteligibles y que sin duda expresaban la época de la construcción, dejaban ver sus trazos grotescos y torcidos, como si un dedo vacilante las trazara al modo de conjuro. Estaba reforzada la puerta con garabatos de hierro tan mohosos como apolilladas y rotas las mal juntas tablas, y un grueso llamador en figura de culebrón enroscado pendía en el centro, aguardando una impaciente mano que lo moviese.
Yo interrogué a Miss Fly con la mirada, y vi que acercaba su mano al aldabón.
—¿Ya, señora? —dije deteniendo su movimiento.
—¿Pues a qué esperáis?
—Conviene explorar primero al enemigo... La casa es sólida... Jean-Jean dijo que había dentro... ¿cuántos hombres?
—Cincuenta, si no recuerdo mal... pero aunque sean mil...
—Es verdad, aunque sea un millón.
Vimos que se acercaba un hombre, y al punto reconocí a Jean-Jean.
—Vienen refuerzos, señora —dije—. Verá usted qué pronto despacho.