—Además, señor Marqués —continuó este—, debo advertiros que pronto ha de pasar por aquí la ronda... Vos y la señora tenéis todo el aspecto de gente sospechosa... Todavía hay quien cree que sois espía, y la señora también.

—¿Yo espía? —dijo Miss Fly con desprecio—. Soy una dama inglesa.

—Márchate tú, Jean-Jean, si tienes miedo.

—Hacéis una locura, caballero —repuso el dragón—. Esos hombres van a salir, y a todos nos molerán a palos.

Creí sentir el ruido de las maderas de una ventanilla que se abría en lo alto, y grité:

—¡Ah de la casa! Abrid pronto.

—Es una locura, señor Marqués —dijo el dragón bruscamente—. Vámonos de aquí...

Entonces noté en el semblante hosco y sombrío de Jean-Jean una alteración muy visible, que no era ciertamente la que produce el miedo.

—Repito que os dejo solo, señor Marqués... La ronda va a venir... Vamos hacia Sancti Spíritus, o no respondo de vos...

Su insistencia y el empeño de llevarnos hacia las afueras de la ciudad, infundió en mí terrible sospecha.