Miss Fly redobló los martillazos, diciendo:

—Será preciso echar la puerta abajo si no abren.

Los garabatos de hierro que reforzaban la puerta se contrajeron, haciendo muecas horribles, signos burlescos, figurando no sé si extrañas sonrisas o mohínes, o visajes de misteriosos rostros.

Yo empezaba a perder la paciencia y la serenidad. Jean-Jean me causaba inquietud y temí una alevosía, no por la sospecha de espionaje, como él había dicho, sino por la tentación de robarnos. El caso no era nuevo, y los soldados que guarnecían las poblaciones del pobre país conquistado cometían impunemente todo linaje de excesos. Además, la aventura iba tomando carácter grotesco, pues nadie respondía a nuestros golpes ni asomaba rostro humano en la alta reja.

—Sin duda no hay aquí rastro de gente. Los masones se han marchado, y ese tunante nos ha traído aquí para expoliarnos a sus anchas.

De pronto vi que alguien aparecía en el recodo que hace la calle. Eran dos personas que se fijaron allí como en acecho. Dirigime hacia el dragón; pero este, sin esperar a que le hablase, nos abandonó súbitamente para unirse a los otros.

—Ese miserable nos ha vendido —exclamé rugiendo de cólera—. ¡Señora, estamos perdidos! No contábamos con la traición.

—¡La traición! —dijo confusa Miss Fly—. No puede ser.

No tuvimos tiempo de razonar, porque los dos que nos observaban y Jean-Jean se nos vinieron encima.

—¿Qué hacéis aquí? —me preguntó uno de ellos, que era soldado de artillería sin distintivo alguno.