—No tengo que darte cuenta —respondí—. Deja libre la calle.

—¿Es esta la tarasca inglesa? —dijo el otro dirigiéndose a Miss Fly con insolencia.

—¡Tunante! —grité desenvainando—. Voy a enseñarte cómo se habla con las señoras.

—El Marquesito ha sacado el asador —dijo el primero—. Jóvenes, venid al cuerpo de guardia con nosotros, y vos, milady sauterelle dad el brazo a Charles le Temeraire para que os conduzca al palacio del cepo.

—Araceli —me dijo Miss Fly—, toma mi látigo y échalos de aquí.

Pied-de-mouton, atraviésalo —vociferó el artillero.

Pied-de-mouton, como sargento de dragones, iba armado de sable. Carlos el Temerario era artillero y llevaba un machete corto, arma de escaso valor en aquella ocasión. En un momento rapidísimo, mientras Jean-Jean vacilaba entre dirigirse a la inglesa o a mí, acuchillé a Pied-de-mouton con tan buena suerte, con tanto ímpetu y tanta seguridad, que le tendí en el suelo. Lanzando un ronco aullido, cayó bañado en sangre... Me arrimé a la pared para tener guardadas las espaldas, y aguardé a Jean-Jean, que, al ver la caída de su compañero, se apartó de Miss Fly, mientras Carlos el Temerario se inclinaba a reconocer el herido. Rápida como el pensamiento, Athenais se bajó a recoger el sable de este. Sin esperar a que Jean-Jean me atacase, y viéndole algo desconcertado, fuime sobre él; mas, sobrecogido, dio algunos pasos hacia atrás, bramando así:

¡Corne du diable! ¡Mille millions de bombardes!... ¿Creéis que os tengo miedo?

Diciéndolo, apretó a correr a lo largo de la calle, y más ligero que el viento le siguió Carlos. Ambos gritaban:

—¡A la guardia, a la guardia!