—Cerca hay un cuerpo de guardia, señora. Huyamos. Aquí dio fin el romance.

Corrimos en dirección contraria a la que ellos tomaron; mas no habíamos andado siete pasos, cuando sentimos a lo lejos pisadas de gente, y distinguimos un pelotón de soldados que a toda prisa venía hacia nosotros.

—Nos cortan la retirada, señora —dije retrocediendo—. Vamos por otro lado.

Buscamos una bocacalle que nos permitiera tomar otra dirección, y no la encontramos. La patrulla se acercaba. Corrimos al otro extremo, y sentí la voz de nuestros dos enemigos gritando siempre:

—¡A la guardia!...

—Nos cogerán —dijo Miss Fly con serenidad incomparable, que me inspiró aliento—. No importa. Entreguémonos.

En aquel instante, como pasáramos junto al pórtico en cuyo aldabón habíamos martillado inútilmente, vi que la puerta se abría y asomaba por ella la cabeza de un curioso que, sin duda, no había podido dominar su anhelo de saber lo que resultaba de la pendencia... El cielo se abría delante de nosotros. La patrulla estaba cerca; pero como la calle describía un ángulo muy pronunciado, los soldados que la formaban no podían vernos. Empujé aquella puerta y al hombre que curiosamente y con irónica sonrisa en el rostro se asomaba; y aunque ni una ni otra quisieron ceder al principio, hice tanta fuerza, que bien pronto Miss Fly y yo nos encontramos dentro, y con presteza increíble corrí los pesados cerrojos.

XXIV

—¿Qué hace usted? —preguntó con estupor un hombre a quien vi delante de mí y que alumbraba el angosto portal con su linterna.

—Salvarme y salvar a esta señora —respondí atendiendo a los pasos que un rato después de nuestra entrada sonaban en la calle, fuera de la puerta—. La patrulla se detiene...