—Ahora examina el cuerpo...

—No nos han visto entrar...

—Pero... o yo estoy tonto, o es Araceli el que tengo delante —dijo aquel hombre, el cual no era otro que Santorcaz.

—El mismo, Sr. D. Luis. Si su intento es denunciarme, puede hacerlo entregándome a la patrulla; pero ponga usted en lugar seguro a esta señora hasta que pueda salir libremente de Salamanca... Todavía están ahí —añadí con la mayor agitación—. ¡Cómo gruñen!... parece que recogen el cuerpo... ¿Estará muerto, o tan solo herido?...

—Se marchan —dijo Athenais—. No nos han visto entrar... Creerán que ha sido una pendencia entre soldados, y mientras aquellos pícaros no expliquen...

—Adelante, señores —dijo Santorcaz con petulancia—. El primer deber del hijo del pueblo es la hospitalidad, y su hogar recibe a cuantos han menester el amparo de sus semejantes. Señora, nada tema usted.

—¿Y quién os ha dicho que yo temo algo? —dijo con arrogancia Miss Fly.

—Araceli, ¿eres tú quien me echaba la puerta abajo hace un momento?

Vacilé un instante en contestar, y ya tenía la palabra en la boca cuando Miss Fly se anticipó diciendo:

—Era yo.