Santorcaz, después de hacer una cortesía a la dama inglesa, permaneció mudo y quieto esperando oír los motivos que había tenido la señora para llamar tan reciamente.
—¿Por qué me miráis con la boca abierta? —dijo bruscamente Miss Fly—. Seguid y alumbrad.
Santorcaz me miró con asombro. ¿Quién le causaría más sorpresa, yo o ella? A mi vez, yo no podía menos de sentirla también, y grande, al ver que el jefe de los masones nos recibía con urbanidad. Subimos lentamente la escalera. Desde esta oíanse ruidosas voces de hombres en lo interior de la casa. Cuando llegamos a una habitación desnuda y oscura, que alumbró débilmente la linterna de Santorcaz, este nos dijo:
—¿Ahora podré saber qué buscan ustedes en mi casa?
—Hemos entrado aquí buscando refugio contra unos malvados que querían asesinarnos. Mi deseo es que oculte usted a esta señora si por acaso insistieran en perseguirla dentro de la casa.
—¿Y a ti? —me preguntó con sorna.
—Yo estimo mi vida —repuse—, y no quisiera caer en manos de Jean-Jean; pero nada pido a usted, y ahora mismo saldré a la calle, si me promete poner en seguridad a esta señora.
—Yo no abandono a los amigos —dijo Santorcaz con aquella sandunga y marrullería que le eran habituales—. La dama y su galán pueden respirar tranquilos. Nadie les molestará.
Miss Fly se había sentado en un incómodo sillón de vaqueta, único mueble que en la destartalada estancia había, y sin atender a nuestro diálogo, miraba los dos o tres cuadros apolillados que pendían de las paredes, cuando entró la criada trayendo una luz.
—¿Es esta vuestra hija? —preguntó vivamente la inglesa clavando los ojos en la moza.