—Es Ramoncilla, mi criada —repuso Santorcaz.

—Deseo ardientemente ver a vuestra hija, caballero —dijo la inglesa—. Tiene fama de muy hermosa.

—Después de lo presente —dijo el masón con galantería—, no creo que haya otra más hermosa... Pero, volviendo a nuestro asunto, señora, si usted y su esposo desean...

—Este caballero no es mi esposo —afirmó Miss Fly sin mirar a Santorcaz.

—Bien: quise decir su amigo.

—No es tampoco mi amigo, es mi criado —dijo la dama con enojo—. Sois en verdad impertinente.

Santorcaz me miró, y en su mirada conocí que no daba fe a la afirmación de la dama.

—Bien... ¿Usted y su criado piensan permanecer en Salamanca?...

—No: precisamente lo que queremos es salir sin que nadie nos moleste. No puedo realizar el objeto que me trajo a Salamanca, y me marcho.

—Pues a entrambos sacaré de la ciudad antes del día —dijo Santorcaz—, porque estoy preparándolo todo para salir a la madrugada.