—¿Y lleváis a vuestra hija? —preguntó con gran interés Miss Fly.

—Mi hija me ama tanto —respondió el masón con orgullo— que nunca se separa de mí.

—¿Y a dónde vais ahora?

—A Francia. No pienso volver a poner los pies en España.

—Mal patriota sois.

—Señora... dígame usted su tratamiento para designarle con él. Aunque hijo del pueblo y defensor de la igualdad, sé respetar las jerarquías que establecieron la monarquía y la historia.

—Decidme simplemente señora, y basta.

—Bien: puesto que la señora quiere conocer a mi hija, se la voy a mostrar —dijo Santorcaz—. Dígnese la señora seguirme.

Seguímosle, y nos llevó a una sala, compuesta con más decoro que la que dejábamos, e iluminada por un velón de cuatro mecheros. Ofreció el anciano un asiento a la inglesa, y desapareció luego, volviendo al poco rato con su hija de la mano. Cuando la infeliz me vio, quedose pálida como la muerte, y no pudo reprimir un grito de asombro que, por su intensidad, pareció de miedo.

—Hija mía, esta es la señora que acaba de llegar a casa pidiéndome hospitalidad para ella y para el mancebo que le acompaña.