Creyérase que Inés veía fantasmas. Tan pronto miraba a Miss Fly como a mí, sin convencerse de que eran reales y tangibles las personas que tenía delante. Yo sonreía, tratando de disipar su confusión con el lenguaje de los ojos y las facciones; pero la pobre muchacha estaba cada vez más absorta.
—Sí que es hermosa —dijo Miss Fly con gravedad—. Pero no quitáis los ojos de este joven que me acompaña. Sin duda le encontráis parecido a otro que conocéis. Hija mía, es el mismo que pensáis, el mismo.
—Solo que este perillán —dijo Santorcaz sacudiéndome el brazo con familiaridad impertinente— ha cambiado tanto... Cuando era oficial se le podía mirar; pero después que ha sido expulsado del ejército por su cobardía y mal comportamiento y puéstose a servir...
Tan grosera burla no merecía que la contestase, y callé, dejando que Inés se confundiese más.
—Caballero —dijo Miss Fly con enojo volviéndose hacia Santorcaz—, si hubiera sabido que pensábais insultar a la persona que me acompaña, habría preferido quedarme en la calle. Dije que era mi criado; pero no es cierto. Este caballero es mi amigo.
—Su amigo —añadió D. Luis—. Justo, eso decía yo.
—Amigo leal y caballero intachable, a quien agradeceré toda la vida el servicio que me ha prestado esta noche exponiendo su vida por mí.
Nueva confusión de Inés. Mudaba de color su alterado semblante a cada segundo, y todo se le volvía mirar a la inglesa y a mí, como si mirándonos, leyéndonos, devorándonos con la vista, pudiera aclarar el misterioso enigma que tenía delante.
La venganza es un placer criminal, pero tan deleitoso, que en ciertas ocasiones es preciso ser santo o arcángel para sofocar esta partícula, para extinguir esta pavesa de infierno que existe en nuestro corazón. Así es que sintiendo yo en mí la quemadura de aquel diabólico fuego del alma que nos induce a mortificar alguna vez a las personas que más amamos, dije con gravedad:
—Señora mía, no merecen agradecimiento acciones comunes que son un deber para todas las personas de honor. Además, si se trata de agradecer, ¿qué podría decir yo, al recordar las atenciones que de usted he merecido en el cuartel general aliado, y antes de que viniésemos ambos a Salamanca?