Miss Fly pareció muy regocijada de estas palabras mías, y en su mirada resplandeció una satisfacción que no se cuidaba de disimular. Inés observaba a la inglesa, queriendo leer en su rostro lo que no había dicho.

—Sr. Santorcaz —dijo la Mosquita después de una pausa—, ¿no pensáis casar a vuestra hija?

—Señora, mi hija parece hasta hoy muy contenta de su estado y de la compañía de su padre. Sin embargo, con el tiempo... No se casará con un noble ni con un militar, porque ella y yo aborrecemos a esos verdugos y carniceros del pueblo.

—Podemos darnos por ofendidos con lo que decís contra dos clases tan respetables —repuso con benevolencia Miss Fly—. Yo soy noble, y el señor es militar. Conque...

—He hablado en términos generales, señora. Por lo demás, mi hija no quiere casarse.

—Es imposible que siendo tan linda no tenga los pretendientes a millares —dijo Miss Fly mirándola—. ¿Será posible que esta hermosa niña no ame a nadie?

Inés, en aquel instante, no podía disimular su enojo.

—Ni ama ni ha amado jamás a nadie —contestó oficiosamente su padre.

—Eso no, Sr. Santorcaz —dijo la inglesa—. No tratéis de engañarme, porque conozco de la cruz a la fecha la historia de vuestra adorada niña, hasta que os apoderasteis de ella en Cifuentes.

Inés se puso roja como una cereza, y me miró no sé si con desprecio o con terror. Yo callaba, y midiendo por mi propia emoción la suya, decía para mí con la mayor inocencia: «La pobrecita será capaz de enfadarse.»