—Tonterías y mimos de la infancia —dijo Santorcaz, a quien había sabido muy mal lo que acababa de oír.

—Eso es —añadió la inglesa señalando sucesivamente a Inés y a mí—. Ambos son ya personas formales, y sus ideas, así como sus sentimientos, han tomado camino más derecho. No conozco el carácter y los pensamientos de vuestra encantadora hija; pero conozco el grande espíritu, el noble entendimiento del joven que nos escucha, y puedo aseguraros que leo en su alma como en un libro.

Inés no cabía en sí misma. El alma se le salía por los ojos en forma de aflicción, de despecho, de no sé qué sentimiento poderoso, hasta entonces desconocido para ella.

—Hace algún tiempo —añadió la inglesa— que nos une una noble, franca y pura amistad. Este caballero posee un espíritu elevado. Su corazón, superior a los sentimientos mezquinos de la vida ordinaria, arde en el deseo fogoso de una vida grandiosa, de lucha, de peligro, y no quiere asociar su existencia a la menguada medianía de un hogar pacífico, sino lanzarla a los tumultos de la guerra, de la sociedad, donde hallará pareja digna de su alma inmensa.

No pude reprimir una sonrisa; pero nadie, felizmente, a no ser Inés que me observaba, advirtió mi indiscreción.

—¿Qué decís a esto? —preguntó Athenais a mi novia.

—Que me parece muy bien —contestó como Dios la dio a entender, entre atrevida y balbuciente—. Cuando se tiene un alma de tal inmensidad, parece propio afrontar los peligros de una patrulla, en vez de llamar a la primera puerta que se presenta.

—Ya comprenderá usted, señora —dijo don Luis—, que mi hija no es tonta.

—Sí; pero lo sois vos —contestó desabridamente Miss Fly.

Y diciéndolo, en la casa retumbaron aldabonazos tan fuertes como los que nosotros habíamos dado poco antes.