—¡La patrulla! —exclamé.

—Sin duda —dijo Santorcaz—. Pero no haya temor. He prometido ocultar a ustedes. Si manda la patrulla Cerizy, que es amigo mío, no hay nada que temer. Inés, esconde a la señora en el cuarto de los libros, que yo archivaré a este sujeto en otro lado.

Mientras Inés y Miss Fly desaparecieron por una puerta excusada, dejeme conducir por mi antiguo amigo, el cual me llevó a la habitación donde por la mañana le había visto, y en la cual estaban aquella noche y en aquella ocasión cinco hombres sentados alrededor de la ancha mesa. Vi sobre esta libros, botellas y papeles en desorden, y bien podía decirse que las tres clases de objetos ocupaban igualmente a todos. Leían, escribían y echaban buenos tragos, sin dejar de charlar y reír. Observé además que en la estancia había armas de todas clases.

—Otra vez te atruenan la casa a aldabonazos, papá Santorcaz —dijo al vernos entrar el más joven, animado y vivaracho de los presentes.

—Es la ronda —respondió el masón—. A ver dónde escondemos a este joven, Monsalud, ¿sabes quién manda la ronda esta noche?

—Cerizy —contestó el interpelado, que era un joven alto, flaco y moreno, bastante parecido a una araña.

—Entonces no hay cuidado —me dijo—. Puedes entrar en esta habitación y esconderte allí, por si acaso quiere subir a beber una copa.

Escondido, mas no encerrado en la habitación que me designara, permanecí algún tiempo, el necesario para que Santorcaz bajase a la puerta, y por breves momentos conferenciase con los de la ronda, y para que el jefe de esta subiese a honrar las botellas que galantemente le ofrecían.

—Señores —dijo el oficial francés entrando con Santorcaz—, buenas noches... ¿Se trabaja? Buena vida es esta.

—Cerizy —replicó el llamado Monsalud llenando una copa—, a la salud de Francia y España reunidas.