—A la salud del gran imperio galo-hispano —dijo Cerizy alzando la copa—. A la salud de los buenos españoles.
—¿Qué noticias, amigo Cerizy? —preguntó otro de los presentes, viejo, ceñudo y feo.
—Que el Lord está cerca... pero nos defenderemos bien. ¿Han visto ustedes las fortificaciones?... Ellos no tienen artillería de sitio... El ejército aliado es un ejército pour rire...
—¡Pobrecitos!... —exclamó el viejo, cuyo nombre era Bartolomé Canencia—. ¡Cuando uno piensa que van a morir tantos hombres... que se va a derramar tanta sangre...!
—Señor filósofo —indicó el francés—, porque ellos lo quieren... Convenced a los españoles de que deben someterse...
—Descanse usted un momento, amigo Cerizy.
—No puedo detenerme... Han herido a un sargento de dragones en esta calle...
—Alguna disputa...
—No se sabe... los asesinos han huido... Dicen que son espías.
—¡Espías de los ingleses!... Salamanca está llena de espías.