—Han dicho que un español y una inglesa... o no sé si un inglés acompañado de una española... Pero no puedo detenerme. Se me mandó registrar las casas... Decidme, ¿no hay logia esta noche?
—¿Logia? Si nos marchamos...
—¿Se marchan? —dijo el francés—. Y yo que estaba concluyendo a toda prisa mi Memoria sobre las distintas formas de la tiranía.
—Léasela usted a sí propio —indicó el filósofo Canencia—. Lo mismo me pasará a mí con mi Tratado de la libertad individual y mi traducción de Diderot.
—¿Y por qué es esa marcha?
—Porque los ingleses entrarán en Salamanca —dijo Santorcaz—, y no queremos que nos cojan aquí.
—Yo no daría dos cuartos por lo que me quedara de pescuezo, después de entrar los aliados —advirtió el más joven y más vivaracho de todos.
—Los ingleses no entrarán en Salamanca, señores —afirmó con petulancia el oficial.
Santorcaz movió la cabeza con triste expresión dubitativa.
—Y pues echan ustedes a correr, desde que nos hallamos comprometidos, Sr. Santorcaz —añadió Cerizy con la misma petulancia y cierto tonillo reprensivo—, sepan que en el cuartel general de Marmont no estarán los masones tan seguros como aquí.