—¿Que no?
—No; porque no son del agrado del General en Jefe, que nunca fue aficionado a sociedades secretas. Las ha tolerado, porque era preciso alentar a los españoles que no seguían la causa insurgente; pero ya sabe usted que Marmont es algo bigot.
—Sí...
—Pero lo que no sabe usted es que han venido órdenes apremiantes de Madrid para separar la causa francesa de todo lo que transcienda a masonería, ateísmo, irreligiosidad y filosofía.
—Lo esperaba, porque José es también algo...
—Bigot... Conque buen viaje y no fiarse mucho del General en Jefe.
—Como no pienso parar hasta Francia, mi querido Sr. Cerizy... —dijo Santorcaz—, estoy sin cuidado.
—No se puede vivir en esta abominable nación —afirmó el viejo filósofo—. En París o en Burdeos publicaré mi Tratado de la libertad individual y mi traducción de Diderot.
—Buenas noches, Sr. Santorcaz, señores todos.
—Buenas noches y buena suerte contra el Lord, Sr. Cerizy.