—Nos veremos en Francia —dijo el francés al retirarse—. ¡Qué lástima de logia!... Marchaba tan bien... Sr. Canencia, siento que no conozca usted mi Memoria sobre las tiranías.

Cuando el jefe de la ronda bajaba la escalera, sacome de mi escondite Santorcaz, y presentándome a sus amigos, dijo con sorna:

—Señores, presento a ustedes un espía de los ingleses.

No le contesté una palabra.

—Bien se conoce, amiguito... pero no reñiremos —añadió el masón ofreciéndome una silla y poniéndome delante una copa que llenó—. Bebe.

—Yo no bebo.

—Amigo Ciruelo —dijo D. Luis al más joven de los presentes—, te quedarás en Salamanca hasta mañana, porque en lugar tuyo va a salir este joven.

—Sí, eso es —objetó Ciruelo mirándome con enojo—. ¿Y si vienen los aliados y me ahorcan?... Yo no soy espía de los ingleses.

—¡Ingleses, franceses!... —exclamó el filósofo Canencia en tono sibilítico—. Hombres que se disputan el terreno, no las ideas... ¿Qué me importa cambiar de tiranos? A los que como yo combaten por la filosofía, por los grandes principios de Voltaire y Rousseau, lo mismo les importa que reinen en España las casacas rojas o los capotes azules.

—¿Y usted qué piensa? —me dijo Monsalud observándome con curiosidad—. ¿Entrarán los aliados en Salamanca?