—Sí, señor, entraremos —contesté con aplomo.
—Entraremos... luego usted pertenece al ejército aliado.
—Al ejército aliado pertenezco.
—¿Y cómo está usted aquí? —me preguntó, con ademán y tono de la mayor fiereza, otro de los presentes, que era hombre más fuerte y robusto que un toro.
—Estoy aquí, porque he venido.
Necesitaba hacer grandes esfuerzos para sofocar mi indignación.
—Este joven se burla de nosotros —dijo Ciruelo.
—Pues yo sostengo que los aliados no entrarán en Salamanca —añadió Monsalud—. No traen artillería de sitio.
—La traerán...
—Ignoran con qué clase de fortificaciones tienen que habérselas.