—El Duque de Ciudad-Rodrigo no ignora nada.

—Bueno, que entren —dijo Santorcaz—. Puesto que Marmont nos abandona...

—Lo que yo digo —indicó el filósofo—: casacas rojas o casacas azules... ¿qué más da?

—Pero es indigno que favorezcamos a los espías de Lord Wellington —exclamó con ira el bárbaro Monsalud, levantándose de su asiento.

Yo decía para mí: «¿No habrá en esta maldita casa un agujero por donde escapar solo con ella?»

—Siéntate y calla, Monsalud —dijo Santorcaz—. A mí me importa poco que Narices entre o no en Salamanca. Pongo yo el pie en mi querida Francia... Aquí no se puede vivir.

—Si siguieran los franceses mi parecer —dijo el joven Ciruelo con la expresión propia de quien está seguro de manifestar una gran idea—, antes de entregar esta ciudad histórica a los aliados, la volarían. Basta poner seis quintales de pólvora en la Catedral, otros seis en la Universidad, igual dosis en los Estudios Menores, en la Compañía, en San Esteban, en Santo Tomás y en todos los grandes edificios... Vienen los aliados, ¿quieren entrar? ¡fuego! ¡Qué hermoso montón de ruinas! Así se consiguen dos objetos: acabar con ellos, y destruir uno de los más terribles testimonios de la tiranía, barbarie y fanatismo de esos ominosos tiempos, señores...

—Orador Ciruelo, tú harás revoluciones —dijo Canencia con majestuosa petulancia.

—Lo que yo afirmo —gruñó Monsalud— es que, venzan o no los aliados, no me marcharé de España.

—Ni yo —mugió el toro.