—Todavía no han venido —dijo Santorcaz con tristeza—. Bien, si vienen esas tropas, y ponen los franceses toda la carne en el asador...
—Vencerán.
—¿Qué crees tú, Araceli?
—Que Marmont, Bonnet, Esteve, Cafarelli y el rey José no hallarán tierra por donde correr si tropiezan con los aliados —dije con gran aplomo.
—Lo veremos, caballero.
—Eso es, lo verán ustedes —repuse—. Lo veremos todos. ¿Saben ustedes bien lo que es el ejército aliado que ha tomado a Ciudad-Rodrigo y Badajoz? ¿Saben ustedes lo que son esos batallones portugueses y españoles, esa caballería inglesa?... Figúrense ustedes una fuerza inmensa, una disciplina admirable, un entusiasmo loco, y tendrán idea de esa ola que viene y que todo lo arrollará y destruirá a su paso.
Los seis hombres me miraban absortos.
—Supongamos que los franceses son derrotados: ¿qué hará entonces el Emperador?
—Enviar más tropas.
—No puede ser. ¿Y la campaña de Rusia?