—Que va muy mal, según dicen —indiqué yo.

—No va sino muy bien, caballero —afirmó Monsalud, con gesto amenazador.

—Las últimas noticias —dijo el quinto personaje, que tenía facha de militar, y era hombre fuerte, membrudo, imponente, de mirar atravesado y antipática catadura— son estas... Acabo de leerlas en el papel que nos han mandado de Madrid. El Emperador es esperado en Varsovia. El primer cuerpo va sobre Piegel; el mariscal Duque de Regio, que manda el segundo, está en Wehlan; el mariscal Duque de Elchingen, en Soldass; el Rey de Westphalia, en Varsovia...

—Eso está muy lejos y no nos importa nada —dijo Santorcaz con disgusto—. Por bien que salga el Emperador de esa campaña temeraria, no podrá en mucho tiempo mandar tropas a España... y parece que Soult anda muy apretado en Andalucía, y Suchet en Valencia.

—Todo lo ves negro —gritó con enojo Monsalud.

—Veo la guerra del color que tiene ahora... De modo que a Francia me voy, y salga el sol por Antequera.

—Triste cosa es vivir de esta manera —dijo el filósofo—. Somos ganado trashumante. Verdad es que no pasamos por punto alguno sin dejar la semilla del Contrato social, que germinará pronto poblando el suelo de verdaderos ciudadanos... Y es, además de triste, vergonzoso vernos obligados a pasar por cómicos de la legua.

—Yo no me vestiré más de payaso, aunque me aspen —declaró Monsalud.

—Y yo, antes de dejarme descuartizar por afrancesado, me volveré con los insurgentes —indicó el que tenía figura y corpulencia de salvaje toro.

—Nada perdemos con adoptar nuestro disfraz —dijo D. Luis—. Conque se vista uno y nos siga el carro lleno de trebejos, bastará para que no nos hagan daño en esos feroces pueblos... Conque en marcha, señores. Araceli, dame tus armas, porque nosotros no llevamos ninguna... En caso contrario, no me expondré a sacarte.