Se las di, disimulando la rabia que llenaba mi alma, y al punto empezaron los preparativos de marcha. Unos corrían a cerrar sus breves maletas, más llenas de papeles que de ropas. Arregló Ramoncilla el equipaje de su amo, y no tardaron en atronar las casas los ruidos que caballerías y carros hacían en el patio. Cuando pasé a la habitación donde estaban Inés y Miss Fly, sorprendiome hallarlas en conversación tirada, aunque no cordial, al parecer, y en el semblante de la primera advertí un hechicero mohín irónico, mezclado de tristeza profunda. Yo ocultaba y reprimía en el fondo de mi pecho una tempestad de indignación, de zozobra. Aun allí, rodeado de tan diversa gente, miraba con angustia a todos los rincones, ansiando descubrir alguna brecha, algún resquicio por donde escapar solo con ella. Creíame capaz de las hazañas que soñaba el alto espíritu de Miss Fly.

Pero no había medio humano de realizar mi pensamiento. Estaba en poder de Santorcaz, como si dijéramos, en poder del demonio. Traté de acercarme a Inés para hablarla a solas un momento, con esperanzas de hallar en ella un amoroso cómplice de mi deseo; pero Santorcaz con claro designio y Miss Fly quizás sin intención, me lo impidieron. Inés misma parecía tener empeño en no honrarme con una sola mirada de sus amantes ojos.

Athenais, conservando su falda de amazona, se había transfigurado, escondiendo graciosamente su busto y hermosa cabeza bajo los pliegues de un manto español.

—¿Qué tal estoy así? —me dijo riendo, en un instante que estuvimos solos.

—Bien —contesté fríamente, preocupado con otra imagen que atraía los ojos de mi alma.

—¿Nada más que bien?

—Admirablemente. Está usted hermosísima.

—Vuestra novia, Sr. Araceli —dijo con expresión festiva y algo impertinente—, es bastante sencilla.

—Un poco, señora.

—Está buena para un pobre hombre... ¿Pero es cierto que amáis... a eso?