«¡Oh! Dios de los cielos —dije para mí sin hacer caso de Miss Fly—, ¿no habrá un medio de que yo escape solo con ella?»

Iba la inglesa a repetir su pregunta, cuando Santorcaz nos llamó, dándonos prisa para que bajásemos. Él y sus amigos habían forrado sus personas en miserables vestidos.

—Las dos señoras, en el coche que guiará Juan —dijo D. Luis—. Tres a caballo, y los otros en el carro. Araceli, entra en el carro con Monsalud y Canencia.

—Padre, no vayas a caballo —dijo Inés—. Estás muy enfermo.

—¿Enfermo? Más fuerte que nunca... Vamos: en marcha... Es muy tarde.

Distribuyéronse los viajeros conforme al programa, y pronto salimos, en burlesca procesión, de la casa y de la calle y de Salamanca. ¡Oh, Dios poderoso! Me parecía que había estado un siglo dentro de la ciudad. Cuando, sin hallar obstáculos en las calles ni en la muralla, me vi fuera de las temibles puertas, me pareció que tornaba a la vida.

Según orden de Santorcaz, el cochecillo donde iban las dos damas marchaba delante; seguían los jinetes, y luego los carros, en uno de los cuales tocome subir con los dos interesantes personajes citados. Al verme en el campo libre, si se calmó mi desasosiego por los peligros que corría dentro de Roma la chica, sentí una aflicción vivísima por causas que se comprenderán fácilmente. Me era forzoso correr hacia el cuartel general, abandonando aquel extraño convoy donde iban los amores de toda mi vida, el alma de mi existencia, el tesoro perdido, encontrado y vuelto a perder, sin esperanza de nueva recuperación. Llevado, arrastrado yo mismo por aquella cuadrilla de demonios, ni aun me era posible seguirla, y el deber me obligaba a separarme en medio del camino. La desesperación se apoderó de mí, cuando mis ojos dejaron de ver en la oscuridad de la noche a las dos mujeres que marchaban delante. Salté al suelo, y corriendo con velocidad increíble, pues la hondísima pena parecía darme alas, grité con toda la fuerza de mis pulmones:

—¡Inés, Miss Fly!... aquí estoy... parad, parad...

Santorcaz corrió al galope detrás de mí y me detuvo.

—Gabriel —gritó—, ya te he sacado de la ciudad, y ahora puedes marcharte dejándonos en paz. A mano derecha tienes el camino de Aldea-Tejada.