—¡Bandido! —exclamé con rabia—. ¿Crees que si no me hubieras quitado las armas me marcharía solo?

—¡Muy bravo estás!... Buen modo de pagar el beneficio que acabo de hacerte... Márchate de una vez. Te juro que si vuelves a ponerte delante de mí y te atreves a amenazarme, haré contigo lo que mereces.

—¡Malvado!... —grité abalanzándome al arzón de su cabalgadura y hundiendo mis dedos en sus flacos muslos—. ¡Sin armas estoy y podré dar cuenta de ti!

El caballo se encabritó, arrojándome a cierta distancia.

—¡Dame lo que es mío, ladrón! —exclamé tornando hacia mi enemigo—. ¿Crees que te temo? Baja de ese caballo... devuélveme mi espada y veremos.

Santorcaz hizo un gesto de desprecio, y en el silencio de la noche oí el rumor de su irónica risa. El otro jinete, que era el semejante a un toro, se le unió incontinenti.

—O te marchas ahora mismo —dijo Don Luis—, o te tendemos en el camino.

—La señora inglesa ha de partir conmigo. Hazla detener —dije dominando la intensa cólera que a causa de mi evidente inferioridad me sofocaba.

—Esa dama irá a donde quiera.

—¡Miss Fly, Miss Fly! —grité ahuecando ambas manos junto a mi boca.