Esto me volvía a mis melancolías y saudades (hablando en portugués), ocasionadas por el disfavor de Lord Wellington, por el ningún motivo e injusticia de su frialdad y desabrimiento con un servidor leal y obediente soldado.
Wellington mandó atacar los fuertes por mera conveniencia moral y por infundir aliento a los soldados, que no habían combatido desde Arroyomolinos. Harto conocía el señor Duque que aquellas obras formadas sobre las robustísimas paredes de los conventos no caerían sino ante un poderoso tren de batir, y al efecto hizo venir de Almeida piezas de gran calibre. Esperando, pues, el socorro, y simulando ataques, pasaron dos o tres días, en los cuales nada histórico ni particular ocurrió digno de ser contado, pues ni adquirió Lord Wellington nuevos títulos nobiliarios, ni pareció Miss Fly, ni tuve noticias del rumbo que tomaron los traviesos y mil veces malditos masones.
De lo ocurrido entonces, únicamente merecen lugar, y por cierto muy preferente, en estas verídicas relaciones, las miradas que me echaba de vez en cuando el coronel Simpson y sus palabras agresivas, a que yo le contestaba siempre con las peores disposiciones del mundo. Y francamente, señores, yo estaba inquieto, casi tan inquieto como el sabio coronel Simpson, porque pasaban días y continuaba el eclipse de Miss Fly. Creí entender que se hacían averiguaciones minuciosas; creí entender ¡oh, cielos! que me amenazaba un severo interrogatorio, al cual seguirían rigurosas medidas penales contra mí; pero Dios, para salvarme sin duda de castigos que no merecía, permitió que el día 20 muy de mañana apareciese en los cerros del Norte... no la romancesca e interesante inglesa, sino el Mariscal Marmont con 40.000 hombres.
El mismo día en que se nos presentó el francés por el mismo camino de Toro, se suspendió el ataque de los fuertes, e hicimos varios movimientos para tomar posiciones si el enemigo nos provocaba a trabar batalla. Mas pronto se conoció que Marmont no tenía ganas de lanzar su ejército contra nosotros, siendo su intento, al aproximarse, distraer las fuerzas sitiadoras, y tal vez introducir algún socorro en los fuertes. Pero Wellington, aunque no se había recibido la artillería de Almeida, persistía con tenacidad sajona en apoderarse de San Vicente y de San Cayetano, los dos formidables conventos arreglados para castillos por una irrisión de la historia. ¡Me parecía estar viéndolos aún desde la torre de la Merced!
La tenacidad, que a veces es en la guerra una virtud, también suele ser una falta, y el asalto de los conventos lo fue manifiestamente; cosa rara en Wellington, que no solía equivocarse... La división española se hallaba en Castellanos de los Moriscos observando al francés, que ya se corría a la derecha, ya a la izquierda, cuando nos dijeron que en el asalto infructuoso de San Cayetano habían perecido 120 ingleses y el general Rowes, distinguidísimo en el ejército aliado.
—Ahora se ve cómo también los grandes hombres cometen errores —dije a mis amigos—. A cualquiera se le alcanzaba que San Vicente y San Cayetano no eran corrales de gallinas; pero respetemos las equivocaciones de los de arriba.
—¡Ya está! ¡Ya está ahí... albricias! ¡Ya la tenemos ahí! —exclamó D. Carlos España, que a la sazón, de improviso, se había presentado.
—¿Quién, Miss Fly? —pregunté con vivo gozo.
—La artillería, señores, la artillería gruesa que se mandó traer de Almeida. Ya ha llegado a Pericalbo; esta tarde estará en las paralelas, se montará mañana y veremos lo que valen esos fuertes que fueron conventos.
—¡Ah, bien venida sea!... creí que hablaba usted de Miss Fly, por cuya aparición daría las dos manos que tengo...