Consternado yo, mas lleno de respeto hacia aquel grave personaje, a quien todos los españoles considerábamos entonces poco menos que un Dios, no osé desplegar los labios en materia alguna distinta de las respuestas que tenía que dar; y cuando el héroe de Talavera me despidió con una cortesía rígida y fría como el movimiento de una estatua que se dobla por la cintura, salí lleno de confusiones y sobresaltos, mas también de ira, porque yo comprendía que alguna sospecha tan grave como injusta deslustraba mi buen concepto. ¡Después de tantos trabajos y fatigas por prestar servicio tan grande al ejército aliado, no se me trataba con mayor estima que a un vulgar y mercenario espía! ¡Yo no quería grados ni dinero en pago de mi servicio! Quería consideración, aprecio, y que el Lord me llamase su amigo o que desde lo alto de su celebridad y de su genio dejase caer sobre mi pequeñez cualquier frase afectuosa y conmovedora, como la caricia que se hace al perro leal; pero nada de esto había logrado. Trayendo a mi memoria a un mismo tiempo y en tropel confuso las sofocaciones del día anterior, mi croquis, mis servicios, mis apuros, los horrendos peligros, y después la fisonomía severa y un tanto ceñuda de Lord Wellington, el despecho me inspiraba frases íntimas como la siguiente:

«Quisiera que hubieses estado en poder de Jean-Jean y de Tourlourou, a ver si ponías esa cara... Una cosa es mandar desde la tienda de campaña, y otra obedecer en la muralla... Una cosa es la orden y otra el peligro... Expóngase uno cien veces a morir por un...»

XXVI

Esta y otras cosas peores que callo, decía yo aquella tarde cuando partimos hacia Salamanca, a cuyas inmediaciones llegamos antes de anochecido, alejándonos después de la ciudad para pasar el Tormes por los vados del Canto y San Martín. Por todas partes oía decir:

—Mañana atacaremos los fuertes.

Yo, que los había visto, que los había examinado, conocía que esto no podía ser.

—¡Si creerán ustedes que esos fuertes son juguetes como los que hicieron en Madrid el 3 de diciembre! —decía yo a mis amigos, dándome cierta importancia—. ¡Si creerán ustedes que la artillería que los defiende es alguna batería de cocina!

Y aquí encajaba descripciones ampulosas, que concluían siempre así:

—Cuando se han visto las cosas, cuando se las ha medido palmo a palmo, cuando se las ha puesto en dibujo con más o menos arte, es cuando puede formarse idea acabada de ellas.

—Di, ¿y a Miss Fly también la has visto, la has medido palmo a palmo, y la has puesto en dibujo con más o menos arte? —me preguntaban.