Era ciertamente gracioso exigirme la responsabilidad de los pasos malos o buenos de la antojadiza y volandera inglesa, cuando ella no conocía freno alguno a su libertad, ni tenía más salvaguardia de su honor que su honor mismo.

—Esas explicaciones no me satisfacen, caballero Araceli —me dijo Simpson dignándose dirigir sobre mí una mirada de enojo, que adquiría importancia al pasar por el cristal de sus espejuelos—. El insigne Lord Fly, conde de Chichester, me ha encargado que cuide de su hija...

—¡Cuidar de su hija! ¿Y usted lo ha hecho?... Cuando estuvo a punto de perecer en Sancti Spíritus, no le vi a su lado... ¡Cuidar de ella! ¿De qué modo se cuida a las señoritas en Inglaterra? ¿Dejando que los españoles les ofrezcan alojamiento, que las acompañen a visitar abadías y castillos?

—Siempre han acompañado a esa señorita dignos caballeros que no abusaron de su confianza. No se temen debilidades de Miss Fly, que tiene el mejor de los guardianes en su propio decoro; se temen, caballero Araceli, las violencias, los crímenes que son comunes en las naturalezas apasionadas de esta tierra. En suma, no me satisfacen las explicaciones que usted ha dado.

—No tengo que añadir, respecto al paradero de Miss Fly, ni una palabra más a lo que ya tuve el honor de manifestar a Lord Wellington.

—Basta, caballero —repuso Simpson poniéndose como un pimiento—. Ya hablaremos de esto en ocasión más oportuna. He manifestado mis recelos a D. Carlos España, el cual me ha dicho que no era usted de fiar... Hasta la vista.

Apartose de mí vivamente para unirse a la comitiva, que estaba muy distante, y dejome en verdad pensativo el venerable y estudioso oficial. Poco después D. Carlos España me decía riendo con aquella expansión franca y un tanto brutal que le era propia:

—Picarón redomado, ¿dónde demonios has metido a la amazona? ¿Qué has hecho de ella? Ya te tenía yo por buena alhaja. Cuando el coronel Simpson me dijo que estaba sobre ascuas, le contesté: «No tenga usted duda, amigo mío: los españoles miran a todas las mujeres como cosa propia.»

Traté de convencer al general de mi inocencia en aquel delicado asunto; pero él reía, antes impulsado por móviles de alabanza que de vituperio, porque los españoles somos así. Luego le conté cómo habiendo necesitado del auxilio de los masones para salir de Salamanca, nos acompañamos de ellos hasta llegar a buen trecho de la ciudad; mas cuando indiqué que Miss Fly les había seguido, ni España ni ninguno de los que me escuchaban quisieron creerme.

Cuando fui al alojamiento del general en jefe para informarle de mil particularidades que él quería conocer relativas a los conventos destruidos, a municiones, a víveres, al espíritu de la guarnición y del vecindario, hallé al Duque, con quien conferencié más de hora y media, tan frío, tan severo conmigo, que se me llenó el alma de tristeza. Recogía mis noticias, harto preciosas para el ejército aliado, sin darme claras y vehementes señales, cual yo esperaba, de que mi servicio fuese estimado, o como si, estimando el hecho, menospreciara la persona. Hizo elogios del croquis; pero me parecía advertir en él cierta desconfianza, y hasta la duda de que aquel minucioso dibujo fuese exacto.