—Mi general, no lo sé —respondí bastante contrariado—. Miss Fly no fue conmigo a Salamanca. Allí la encontré, y después... Nos separamos al salir de la ciudad, porque me era preciso estar en Bernuy antes de las doce.
—Está bien —dijo Lord Wellington como si creyese haber dado excesiva importancia a un asunto que en sí no la tenía—. Suba usted al instante a mi alojamiento para completar los informes que necesito.
No había dado dos pasos, marchando humildemente a la cola de la comitiva del señor Duque, cuando detúvome un oficial inglés, algo viejo, pequeño de rostro, no menos encarnado que su uniforme, y cuya carilla arrugada y diminuta se distinguía por cierta vivacidad impertinente, de que eran signos principales una nariz picuda y unos espejuelos de oro. Acostumbrados los españoles a considerar ciertas formas personales como inherentes al oficio militar, nos causaban sorpresa y aun risa aquellos oficiales de Artillería y Estado Mayor, que parecían catedráticos, escribanos, vistas de aduanas o procuradores.
Mirome el coronel Simpson, pues no era otro, con altanería; mirele yo a él del mismo modo, y una vez que nos hubimos mirado a sabor de entrambos, dijo él:
—Caballero, ¿dónde está Miss Fly?
—Caballero, ¿lo sé yo acaso? ¿Me ha constituido el Duque en custodio de esa hermosa mujer?
—Se esperaba que Miss Fly regresase con usted de su visita a los monumentos arquitectónicos de Salamanca.
—Pues no ha regresado, caballero Simpson. Yo tenía entendido que Miss Fly podía ir y venir y partir y tornar cuando mejor le conviniese.
—Así debiera ser y así lo ha hecho siempre —dijo el inglés—; pero estamos en una tierra donde los hombres no respetan a las señoras, y pudiera suceder que Athenais, a pesar de su alcurnia, no tuviese completa seguridad de ser respetada.
—Miss Fly es dueña de sus acciones —le contesté—. Respecto a su tardanza o extravío, ella sola podrá informar a usted cuando parezca.