—¡Prisioneros!

—Sí: nos han tenido desde entonces en ese horrible Babilafuente, mientras el Lord tomaba a Salamanca. ¡Y yo que no he visto nada de esto! ¿Se rindieron los fuertes? ¡Qué gran servicio prestasteis con vuestra visita a Salamanca! ¿Qué os dijo milord?

—Sí, sí: hable usted a milord de mí... Contento está Su Excelencia de este leal servidor... Sepa Miss Fly que, lejos de agradar al Duque, me ha tomado entre ojos y se disponen a formarme consejo de guerra por delitos comunes.

—¿Por qué, amigo mío? ¿Qué habéis hecho?

—¿Qué he de hacer? Pues nada, señora Pajarita; nada más sino seducir a una honesta hija de la Gran Bretaña, llevármela conmigo a Salamanca, ultrajarla con no sé qué insigne desafuero, y después, para colmo de fiesta, abandonarla pícaramente, o esconderla, o matarla, pues sobre este punto, que es el lado negro de mi feroz delito, no se han puesto aún de acuerdo Lord Wellington y el coronel Simpson.

Miss Fly rompió en risas tan francas, tan espontáneas y regocijadas, que yo también me reí. Ambos marchábamos a buen paso en dirección a Babilafuente.

—Lo que me contáis, Sr. Araceli —dijo, mientras se teñía su rostro de rubor hechicero—, es una linda historia. Tiempo hacía que no se me presentaba un acontecimiento tan dramático, ni tan bonito embrollo. Si la vida no tuviera estas novelas, ¡cuán fastidiosa sería!

—Usted disipará las dudas del general devolviéndome mi honor, mi honor, Miss Fly, pues de la pureza de sentimientos de usted, no creo que duden milord ni Sir Abraham Simpson. Yo soy el acusado, yo el ladrón, yo el ogro de cuentos infantiles, yo el gigantón de leyenda, yo el morazo de romance.

—¿Y no os ha desafiado Simpson? —preguntó, demostrándome cuánta complacencia producía en su alma aquel extraño asunto.

—Me ha mirado con altanería y díchome palabras que no le perdono.