—Le mataréis, o al menos le heriréis gravemente, como hicisteis con el desvergonzado e insolente Lord Gray —dijo con extraordinaria luz en la mirada—. Quiero que os batáis con alguien por causa mía. Vos acometéis las empresas más arriesgadas por la simpatía que tienen los grandes corazones con los grandes peligros; habéis dado pruebas de aquel valor profundo y sereno cuyo arranque parte de las raíces del alma. Un hombre de tales condiciones no permitirá que se ponga en duda su dignidad, y a los que duden de ella, les convencerá con la espada en un abrir y cerrar de ojos.

—La prueba más convincente, Athenais, ha de ser usted... Ahora pensemos en socorrer a esos infelices de Babilafuente. ¿Corre Inés algún peligro? ¡Loco de mí! ¡Y me estoy con esta calma! ¿Está buena? ¿Corre algún peligro?

—No lo sé —repuso con indiferencia la inglesa—. La casa en que estaban empezó a arder.

—¡Y lo dice con esa tranquilidad!

—En cuanto se anunció la entrada de los españoles y me vi libre, salí en busca del jefe. D. Carlos España me recibió con agrado, y no tuvo inconveniente en cederme un caballo para volver al cuartel general.

—¿Santorcaz, Monsalud, Inés y demás compañía masónica habrán huido también?

—No todos. El gran capitán de esta masonería ambulante está postrado en el lecho desde hace tres días y no puede moverse. ¿Cómo queréis que huya?

—Eso es obra de Dios —dije con alegría y acelerando el paso—. Ahora no se me escapará. De grado o por fuerza arrancaremos a Inés de su lado y la enviaremos bien custodiada a Madrid.

—Falta que quiera separarse de su padre. Vuestra dama encantada es una joven de miras poco elevadas, de corazón pequeño; carece de imaginación y de... de arranque. No ve más que lo que tiene delante. Es lo que yo llamo un ave doméstica. No, Sr. Araceli, no pidáis a la gallina que vuele como el águila. La hablaréis el lenguaje de la pasión, y os contestará cacareando en su corral.

—Una gallina, señorita Athenais —le dije, entrando en el pueblo—, es un animal útil, cariñoso, amable, sensible, que ha nacido y vive para el sacrificio, pues da al hombre sus hijos, sus plumas y, finalmente, su vida; mientras que un águila... pero esto es horroroso, Miss Fly... arde el pueblo por los cuatro costados...