—Desde la llanura presenta Babilafuente un golpe de vista incomparable... Siento no haber traído mi álbum.

Las frágiles casas se venían al suelo con estrépito. Los atribulados vecinos se lanzaban a la calle, arrastrando penosamente colchones, muebles, ropas, cuanto podían salvar del fuego, y en diversos puntos la multitud señalaba con espanto los escombros y maderos encendidos, indicando que allí debajo habían sucumbido algunos infelices. Por todas partes no se oían más que lamentos e imprecaciones; la voz de una madre preguntando por su hijo, o de los tiernos niños, desamparados y solos, que buscaban a sus padres. Muchos vecinos y algunos soldados y guerrilleros se ocupaban en sacar de las habitaciones a los que estaban amenazados de no poder salir, y era preciso romper rejas, derribar tabiques, deshacer puertas y ventanas para penetrar, desafiando las llamas, mientras otros se dedicaban a apagar el incendio; tarea difícil, porque el agua era escasa. En medio de la plaza, D. Carlos España daba órdenes para uno y otro objeto, descuidando por completo la persecución de los franceses, a quienes solamente se pudieron coger algunos carros. Gritaba el general desaforadamente, y su actitud y fisonomía eran de loco furioso.

Miss Fly y yo echamos pie a tierra en la plaza, y lo primero que se ofreció a nuestra vista fue un infeliz a quien llevaban maniatado cuatro guerrilleros, empujándole cruelmente a ratos, o arrastrándole cuando se resistía a seguir. Una vez que lo pusieron ante la espantosa presencia de D. Carlos España, este, cerrando los puños y arqueando las negras y tempestuosas cejas, gritó de esta manera:

—¿Por qué me lo traen aquí?... ¡Fusilarle al momento! A estos canallas afrancesados que sirven al enemigo, se les aplasta cuando se les coge, y nada más.

Observando las facciones de aquel hombre, reconocí al Sr. Monsalud. Antes de referir lo que hice entonces, diré en dos palabras por qué había venido a tan triste estado y funesta desventura. Sucedió que los pobres masones, igualmente malquistos con los franceses que salían y los españoles que entraban en Babilafuente, optaron, sin embargo, por aquellos, tratando de seguirles. Excepto Santorcaz, que yacía en deplorable estado, todos corrieron; pero tuvo tan mala suerte el travieso Monsalud, que al saltar una tapia buscando el camino de Villoria, le echaron el guante los guerrilleros; y como desgraciadamente le conocían por ciertas fechorías, ni santas ni masónicas, que cometiera en Béjar, al punto le destinaron al sacrificio, en expiación de las culpas de todos los masones y afrancesados de la Península.

—Mi general —dije al conde, abriéndome paso entre la muchedumbre de soldados y guerrilleros—, este desgraciado es bastante tuno, y no dudo que ha servido a nuestros enemigos; pero yo le debo un favor, que estimo tanto como la vida, porque sin su ayuda no hubiera podido salir de Salamanca.

—¿A qué viene ese sermón? —dijo con feroz impaciencia España.

—A pedir a Vuecencia que le perdone, conmutándole la pena de muerte por otra.

El pobre Monsalud, que estaba ya medio muerto, se reanimó, y mirándome con vehemente expresión de gratitud, puso toda su alma en sus ojos.

—Ya vienes con boberías, ¡rayo de Dios! Araceli, te mandaré arrestar... —exclamó el conde haciendo extrañas gesticulaciones—. No se te puede resistir, joven entrometido... Quitadme de delante a ese sabandijo; fusiladle al momento... ¡Es preciso castigar a alguien!... ¡a alguien!