A pesar de esta viva crueldad, que a veces manifestaba de un modo imponente, España no había llegado aún a aquel grado de exaltación que años adelante hizo tan célebre como espantoso su nombre. Miró primero a la víctima, después a mí y a Miss Fly, y luego que hubo dado algún desahogo a su cólera con palabrotas y recriminaciones dirigidas a todos, dijo:

—Bueno: que no le fusilen. Que le den doscientos palos... pero doscientos palos bien dados... Muchachos, os lo entrego... Allí, detrás de la iglesia.

—¡Doscientos palos! —murmuró la víctima con dolor—. Prefiero que me den cuatro tiros. Así moriré de una vez.

Entonces aumentó el barullo, y un guerrillero apareció diciendo:

—Arden todas las sementeras y las eras del lado de Villoria, y arde también Villoruela, y Riolobos, y Huerta.

Desde la plaza, abierta al campo por un costado, se distinguía la horrible perspectiva. Llamas vagas surgían aquí y allí del seco suelo, corriendo por sobre las mieses cual cabellera movible, cuyas últimas guedejas negruzcas se perdían en el cielo. En los puntos lejanos, las columnas de humo eran en mayor número, y cada una indicaba la troj o panera que caía bajo la planta de fuego del ejército fugitivo. Nunca había yo visto desolación semejante. Los enemigos, al retirarse, quemaban, talaban, arrancando los tiernos árboles de las huertas, haciendo luminarias con la paja de las eras. Cada paso suyo aplastaba una cabaña, talaba una mies, y su rencoroso aliento de muerte destruía como la cólera de Dios. El rayo, el pedrisco, el simún, la lluvia y el terremoto, obrando de consuno, no habrían hecho tantos estragos en poco tiempo. Pero el rayo y el simoun, todas las iras del cielo juntas, ¿qué significan comparadas con el despecho de un ejército que se retira? Fiero animal herido, no tolera que nada viva detrás de sí.

D. Carlos España tomó una determinación rápida.

—A Villoria, a Villoria sin descansar —gritó montando a caballo—. Sr. D. Julián Sánchez, a ver si les cogemos. Además hay que auxiliar también a esos otros pueblos.

Las órdenes corrieron al momento, y parte de los guerrilleros con dos regimientos de línea se aprestaron a seguir a D. Carlos.

—Araceli —me dijo este—, quédate aquí aguardando mis órdenes. En caso de que lleguen hoy los ingleses, sigues hacia Villoria; pero entre tanto aquí... Apagar el fuego lo que se pueda; salvar la gente que se pueda, y si se encuentran víveres...