—Padre —exclamó—, no moriremos. Mira quién está aquí.
Santorcaz fijó en mí los ojos, que lucían como dos ascuas en el cadavérico semblante, y con voz hueca, cuyo timbre heló mi sangre, dijo:
—¿Vienes por mí, Araceli? ¿Ese tigre carnicero que os manda te envía a buscarme porque los oficiales del matadero están ya sin trabajo?... Ya despacharon a Monsalud; ahora a mí...
—No matamos a nadie —respondí acercándome.
—No nos matarán —exclamó Inés derramando lágrimas de gozo—. Padre, cuando esos bárbaros daban golpes a la puerta; cuando esperábamos verles entrar armados de hachas, espadas, fusiles y guillotinas para cortarnos la cabeza, como dices que hacían en París, ¿no te dije que había creído escuchar la voz de Araceli? Le debemos la vida.
El masón clavaba en mí sus ojos, mirándome cual si no estuviera seguro de que era yo. Su fisonomía estaba en extremo descompuesta: hundidos los ojos dentro de las cárdenas órbitas, crecida la barba, lustrosa y amarilla la frente. Parecía que habían pasado por él diez años desde las escenas de Salamanca.
—Nos perdonan la vida —dijo con desdén—. Nos perdonan la vida cuando me ven enfermo y achacoso, sin poder moverme de este lecho, donde me ha clavado mi enfermedad. El conde de España, ¿va a subir aquí?
—El conde de España se ha ido de Babilafuente.
Cuando dije esto, el anciano respiró como si le quitaran de encima enorme peso. Incorporose ayudado por su hija, y sus facciones contraídas por el terror, se serenaron un poco.
—¿Se ha marchado ese verdugo... hacia Villoria?... Entonces escaparemos por... por... Y los ingleses, ¿dónde están?