—Si se trata de escapar, en todas partes hay quien lo impida. Se acabaron las correrías por los pueblos.

—De modo que estoy preso —exclamó con estupor—. ¡Soy prisionero tuyo, prisionero de...! ¡Me has cogido como se coge a un ratón en la trampa, y tengo que obedecerte y seguirte tal vez!

—Sí: preso hasta que yo quiera.

—Y harás de mí lo que se te antoje, como un chiquillo sin piedad que martiriza al león en su jaula, porque sabe que este no puede hacerle daño.

—Haré lo que debo, y ante todo...

Santorcaz, al ver que fijé los ojos en su hija, estrechola de nuevo en sus brazos, gritando:

—No la separarás de mí, sino matándola, ruin y miserable verdugo... ¿Así pagas el beneficio que en Salamanca te hice?... Manda a tus bárbaros soldados que nos fusilen; pero no nos separes.

Miré a Inés, y vi en ella tanto cariño, tan franca adhesión al anciano, tanta verdad en sus demostraciones de afecto filial, que hube de cortar el vuelo a mi violenta determinación.

«Aquí encuentro un sentimiento cuya existencia no sospechaba —dije para mí—; un sentimiento grande, inmenso, que se me revela de improviso, y que me espanta, me detiene y me hace retroceder. He creído caminar por sendero continuado y seguro, y he llegado a un punto en que el sendero acaba y empieza el mar. No puedo seguir... ¿Qué inmensidad es esta que ante mí tengo? Este hombre será un malvado; será carcelero de la infeliz niña; será un enemigo de la sociedad, un agitador, un loco que merece ser exterminado; pero aquí hay algo más. Entre estos dos seres, entre estas dos criaturas tan distintas, la una tan buena, la otra odiosa y odiada, existe un lazo que yo no debo ni puedo romper, porque es obra de Dios. ¿Qué haré?...»

A estas reflexiones sucedieron otras de igual índole; mas no me llevaron a ninguna afirmación categórica respecto a mi conducta, y me expresé de este modo, que me pareció el más apropiado a las circunstancias: