—Si usted varía de conducta, podrá tal vez vivir cerca, cuando no al lado de su hija, y verla y tratarla.
—¡Variar de conducta!... ¿Y quién eres tú, mancebo ignorante, para decirme que varíe de conducta, y dónde has aprendido a juzgar mis acciones? Estás lleno de soberbia porque el despotismo te ha enmascarado con esa librea, y puesto esas charreteras que no sirven sino para marcar la jerarquía de los distintos opresores del pueblo... ¡Qué sabes tú lo que es conducta, necio! Has oído hablar a los frailes y a D. Carlos España, y crees poseer toda la ciencia del mundo.
—Yo no poseo ciencia alguna —respondí exasperado—; ¿pero se puede consentir que criaturas inocentes, honradas, dignas por todos conceptos de mejor suerte, vivan con tales padres?
—Y a ti, extraño a ella, extraño a mí, ¿qué te importa ni qué te va en esto? —exclamó agitando sus brazos y golpeando con ellos las ropas del desordenado lecho.
—Sr. Santorcaz, acabemos. Dejo a usted en libertad para ir a donde mejor le plazca. Me comprometo a garantizarle la mayor seguridad hasta que se halle fuera del país que ocupa el ejército aliado. Pero esta joven es mi prisionera, y no irá sino a Madrid al lado de su madre. Si han nacido por fortuna en usted sentimientos tiernos que antes no conocía, yo aseguro que podrá ver a su hija en Madrid siempre que lo solicite.
Al decir esto miré a Inés, que con extraordinario estupor dirigía los ojos a mí y a su padre alternativamente.
—Eres un loco —dijo D. Luis—. Mi hija y yo no nos separaremos. Háblale a ella de este asunto, y verás cómo se pone... En fin, Araceli, ¿nos dejas escapar, sí o no?
—No puedo detenerme en discusiones. Ya he dicho cuanto tenía que decir. Entre tanto, quedarán en la casa, y nadie se atreverá a hacerles daño.
—¡Preso, cogido, Dios mío! —clamó Santorcaz antes afligido que colérico, y llorando de desesperación—. ¡Preso, cogido por esta soldadesca asalariada a quien detesto; preso antes de poder hacer nada de provecho, antes de descargar un par de buenos y seguros golpes!... ¡Esto es espantoso! Soy un miserable... no sirvo para nada... lo he dejado todo para lo último... me he ocupado en tonterías... Lo grave, lo formal es destruir todo lo que se pueda, ya que seguramente nada existe aquí digno de conservarse.
—Tenga usted calma, que el estado de ese cuerpo no es a propósito para reformar el linaje humano.