—¿Crees que estoy débil, que no puedo levantarme? —gritó intentando incorporarse con esfuerzos dolorosos—. Todavía puedo hacer algo... esto pasará... no es nada... aún tengo pulso... ¡Ay! en lo sucesivo no perdonaré a nadie. Todo aquel que caiga bajo mi mano, perecerá sin remedio.

Inés le ponía las manos en los hombros para obligarle a estarse quieto, y recogía la ropa de abrigo, que los movimientos del enfermo arrojaban a un lado y otro.

—¡Preso, cogido como un ratón! —prosiguió este—. Es para volverse loco... ¡Cuando había fundado treinta y cuatro logias, en que se afiliaba lo más selecto, lo más atrevido y lo más revoltoso, es decir, lo mejor y lo más malo de todo el país!... ¡Oh! ¡esos indignos franceses me han hecho traición! Les he servido, y este es el pago... Araceli, ¿dices que estoy preso, que me llevarán a la cárcel de Madrid, a Ceuta tal vez?... ¡Maldigo la infame librea del despotismo que vistes! ¡Ceuta!... Bueno: me escaparé como la otra vez... mi hija y yo nos escaparemos. Aún tengo agilidad, aliento, brío; todavía soy joven... ¡Caer en poder de estos verdugos con charreteras, cuando me creía libre para siempre y tocaba los resaltados de mi obra de tantos años!... Porque sí, no sois más que verdugos con charreteras, grados y falsos y postizos honores. ¡Mujeres de la tierra, parid hijos para que los nobles les azoten, para que los frailes les excomulguen, y para que estos sayones los maten!... ¡Bien lo he dicho siempre! La masonería no debe tener entrañas; debe ser cruel, fría, pesada, abrumadora, como el hacha del verdugo... ¿Quién dice que yo estoy enfermo, que yo soy débil, que me voy a morir, que no puedo levantarme más?... Es mentira, cien veces mentira... Me levantaré, y ¡ay del que se me ponga delante! Araceli, cuidado, cuidado, aprendiz de verdugo... Todavía...

Siguió hablando algún tiempo más; pero le faltaba gradualmente el aliento, y las palabras se confundían y desfiguraban en sus labios. Al fin no oíamos sino mugidos entrecortados y guturales, que nada expresaban. Su respiración era fatigosa; había cerrado los ojos; pero los abría de cuando en cuando con la súbita agitación de la fiebre. Toqué sus manos y despedían fuego.

—Este hombre está muy malo —dije a Inés, que me miraba con perplejidad.

—Lo sé; pero en esta casa no hay nada, ni tenemos remedios, ni comida; en una palabra, nada.

Llamando a mi asistente, que estaba en la calle, le di orden de que proporcionase a Inés cuanto fuese preciso y existiera en el lugar.

—Mi asistente no se separará de aquí mientras lo necesites —dije a mi amiga—. La puerta se cerrará. Puedes estar tranquila. En todo el día no saldremos de aquí. Adiós: me voy a la plaza; pero volveré pronto, porque tenemos que hablar, mucho que hablar.

XXIX

Al volver, la encontré sentada junto al lecho del enfermo, a quien fijamente miraba. Volviendo la cabeza, indicome con un signo que no debía hacer ruido. Levantose luego, acercó su rostro al de Santorcaz, y cerciorada de que permanecía en completo y bienhechor reposo, se dispuso a salir del cuarto. Juntos fuimos al inmediato, no cerrando sino a medias la puerta, para poder vigilar al desgraciado durmiente, y nos sentamos el uno frente al otro. Estábamos solos, casi solos.