—¿Has tenido nuevas noticias de mi madre? —me preguntó muy conmovida.

—No; pero pronto la veremos...

—¡Aquí, Dios mío! Tanta felicidad no es para mí.

—Le escribiré hoy diciendo que te he encontrado y que no te me escaparás. Le diré que venga al instante a Salamanca.

—¡Oh! Gabriel... haces precisamente lo mismo que yo deseaba, lo que deseaba hace tanto tiempo... Si hubieras sido prudente en Salamanca, y me hubieras oído antes de...

—Querida mía, tienes que explicarme muchas cosas que no he entendido —le dije con amor.

—¿Y tú a mí? Tú sí que tienes necesidad de explicarte bien. Mientras no lo hagas, no esperes de mí una palabra, ni una sola.

—Hace seis meses que te busco, alma mía; seis meses de fatigas, de penas, de ansiedad, de desesperación... ¡Cuánto me hace trabajar Dios antes de concederme lo que me tiene destinado! ¡Cuánto he padecido por ti, cuánto he llorado por ti! Dios sabe que te he ganado bien.

—Y durante ese tiempo —preguntó con graciosa malicia—, ¿te ha acompañado esa señora inglesa, que te llama su caballero y que me ha vuelto loca a preguntas?

—¿A preguntas?